viernes, 16 de septiembre de 2016

LAS MEDALLAS DE DON PORFIRIO DÍAZ, UN BOSQUE DESCONOCIDO


Necesaria y oportuna reflexión antes de entrar en materia.

Estamos en septiembre de 2016, fecha fatal para los mexicanos dado que las “burbujas” gobernantes nacional y estatal han hundido con sus dichos y sus actos a nuestro ser patrio. Es hora de que aquellos que han saboteado a la patria reconozcan –a su pesar– el rol de Díaz como estadista. A ver si este texto sirve para algo en el sentido que fincamos nuestro nacionalismo en el estudio de la Historia con mayúsculas. Es el único escudo eficaz que tenemos contra los depredadores de Oaxaca y de México. 

Portada del libro que citamos.


Hace un año (julio 2, 2015) leí este texto durante la presentación del magnífico libro hecho sobre Porfirio Díaz con motivo del centenario de su fallecimiento. Tal libro fue coordinado por los historiadores del Instituto de Investigaciones en Humanidades, Dr. Carlos Sánchez Silva y Maestro Francisco José Ruiz Cervantes y desde el principio contó con el sensible interés del Lic. Eduardo Martínez Helmes, entonces rector. Me tocó diseñarlo, imprimirlo y encuadernarlo... y quizás por ello recibí la invitación a hacer comentarios que no publiqué de inmediato aquí, como es mi costumbre, porque Humanidades me solicitó reservara la primicia del mismo para su revista del mismo nombre, cosa que me halaga mucho, sobre todo ahora que ya está circulando. Sin embargo en esta ocasión y dado el desolado panorama social que enfrentamos, sólo publicaré parcialmente el texto escogiendo aquellos párrafos que me parecen más pertinentes. Además es un tema inédito y de muy necesaria revisión seria, como lo es conocer el significado y las razones históricas de las medallas que presumía el general Díaz en su casaca militar. No todas las que cubren su pecho, solo las que ganó como soldado de la patria. Quedan en mi tintero las demás, las diplomáticas y las escalafonarias, pero se contarán en otra ocasión para no hacer tedioso este texto.

Sólo hubo en todo el país dos publicaciones dignas de alabanza editorial con motivo de la efeméride. Una de ellas Porfirio Díaz. De soldado de la patria a estadista, 1830-1915, cuya portada abre esta entrada. Por sus contenidos editoriales y de diseño gráfico, se volvió de inmediato un libro de colección, y más gracias al reducido tiraje del mismo: 500 ejemplares. Tome nota el lector que este texto no se incluyó en tan bello libro pues lo escribí cuando ya estaba impreso. El otro tomo es el titulado Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La guerra (1830–1867) que escribió y publicó en Debate el historiador Carlos Tello Díaz, primero de una trilogía prometida. Aun está en librerías y es una lectura obligada para recuperar la Historia nacional.

Va pues mi texto adaptado al formato de este blog:

Invitación que circuló. Vista de la misma extendida, primera y última páginas.

Páginas interiores de la invitación...



LAS MEDALLAS DE DON PORFIRIO DÍAZ, 

UN BOSQUE DESCONOCIDO

...Lo que sigue [recuérdese que eliminé el texto que le antecedía] son lecturas personales que fueron brotándome conforme trabajaba en las imágenes incluidas [Porfirio Díaz. De soldado de la patria a estadista, 1830-1915]. Es la ventaja que tiene ilustrar libros de esta profundidad. Las fotos antiguas de Oaxaca siempre desafían mi imaginación y me han obligado a hacerme preguntas que tardo mucho tiempo en resolver si consigo una buena pista. Este es el caso.

Metido en las labores del diseño dos imágenes me cautivaron y motivaron mi más minuciosa observación. La primera es el retrato ecuestre que usamos en las invitaciones para la presentación del libro, de la que ya dijimos bastante [solo pongo la foto]. La segunda es acerca de tantas medallas que aparecen en sus retratos y de las que todos hablan, pero nadie describe, absolutamente nadie. Yo me pregunté ¿qué discurso expresaría para la mentalidad de las sociedades de su tiempo? La que sigue es también mi lectura personal que en algún momento deberé profundizar.

El retrato de don Porfirio que empleamos para cerrar la edición parece una imagen del Otoño del Patriarca... por usar un título literario. Fue tomada del acervo de la Fundación Bustamante Vasconcelos. El doctor Carlos Sánchez la eligió para despedir al lector. Su terquedad me intrigó aún más porque yo había sugerido la foto de la abandonada estación “Oaxaca” del tren...

Retrato donde podemos observar las medallas grandes, todas extranjeras, que el Gral. Díaz usaba según lo requiriera el protocolo, pero las que nunca faltaban eran las mexicanas, que están allí, pero las aprenderá a ver el lector en la siguiente foto...


Pero volvamos al enigma buscado donde el pelo y bigote canos, el fulgor de la plata, el oro y los esmaltes más el tono dorado del fondo acentúan el aislamiento del personaje, aun cuando pareciera estar en la gloria. El cuadro fue pintado por José Inés Tovilla y adornó el libro que le mandó hacer como homenaje a sus 80 años el también general Bernardo Reyes. La impresión litográfica se hizo en Barcelona –1910– y es de verdad muy fina para la época. La realizó José Ballescá, el mismo que hizo la primera edición de México a través de los siglos, magna obra bibliográfica del porfirismo.

Estamos en 1910 y Díaz es el hombre más condecorado del Continente. Cada placa, cada medalla, cada collar se refieren a un mérito. Con las Fiestas del Centenario próximas recibiría más homenajes de naciones realmente lejanas –en todos sentidos: China y Persia, por ejemplo– y sin embargo, al ver este retrato de poder elegido por Reyes, quien en ese momento se consideraba su sucesor natural, nos lleva a hacernos esta pregunta: ¿A quién mira don Porfirio? Carlos Tello Díaz, autor del primer capítulo de nuestro libro, cuenta que para entonces la sordera le martirizaba (El exilio. Retrato de familia). Pero no es por eso por lo que elegí comentar esta obra, sino por la curiosidad de entender, si me fuera posible, qué era todo ese ajuar barroco de joyas en su pecho. Cuando escolar escuchaba nombrarlas con güasa como “corcholatas”, otros decían que se vestía de “ferretería”... pero entonces nadie sabía leer esa constelación simbólica que ahora podría estar más cerca de la anécdota que de la historia. Tampoco lo sabemos hoy... Quizás sean minucias, pero se las comparto y ustedes decidirán qué tanto lo son...

Las medallas por méritos guerreros ocupaban el lugar de honor o preeminencia...
Están encerradas en un recuadro azul para su más fácil ubicación.


Recurrí a dos amigos en busca de pistas, el heraldista Jesús Ávila Pajarito http://mexicoheraldico.blogspot.mx/ y el experto en falerística, palabra que recién aprendí al escribir este texto, doctor Ricardo Trillanes Sánchez, cuyo blog puede consultarse en http://www.condecoraciones.galeon.com/cvitae2495841.html
La falerística se ocupa del estudio de las medallas y condecoraciones. Así, con sus orientaciones, pude empezar a despejar el bosque de medallas de don Porfirio y ver uno que otro árbol...

El recién ascendido general Díaz mostraba entonces 
cuatro medallas ganadas durante la Guerra de Reforma...
Este óleo pertenece a don Pablo Gómez Ortigoza.


En toda aquella constelación simbólica, las medallas más modestas y pequeñas eran las mexicanas. Pero no nos confundamos porque la falta de glamur se puede deber a su republicanismo o a la modestia económica de la patria otorgante o a la ausencia de orfebres con mayor creatividad artística... Casi no se ven en esta imagen, pero ocupaban siempre el lugar de preeminencia en el pecho de Díaz. La etiqueta diplomática de entonces disponía que a la condecoración de más alto honor le correspondía la parte superior del pecho, arriba del corazón. En contraste, la etiqueta diplomática contemporánea limita a cuatro el uso simultáneo de condecoraciones y dicta que se pongan tres dedos por debajo del corazón, según me comentó el Doctor Trillanes, autor del Catálogo de Medallas y Condecoraciones del Acervo Histórico del Museo Nacional de Historia –Castillo de Chapultepec– consultado por mí para entender esta parafernalia. Del mismo pude obtener imágenes que ilustran este texto.

Aquí sí se distinguen las medallas mexicanas en el lugar de preeminencia...
Abajo, otras condecoraciones extranjeras.

Vista al detalle de la casaca militar de don Porfirio Díaz.
La foto fue originalmente en blanco y negro y se coloreó a mano.



Recurrí a otra foto de nuestro personaje que se incluyó en el libro para poder ver más claro “el bosque”, aunque careciera de color real, pues es una pieza acuareleada a mano. Las medallas chiquitas y escuetas que forman una línea a la altura del corazón las portaba siempre. Aparecen desde sus retratos tempranos. Son las que ganó en combate. De derecha a izquierda está su premio por la victoria del 2 de abril. Se llama Medalla de Puebla. El listón es rojo cruzado con una diagonal blanca. Le corona el gorro frigio y al reverso tiene la siguiente inscripción: Asaltó la Plaza de Puebla venciendo a los traidores a la Patria, 2 de abril de 1867.

Medalla de Puebla, ganada "Venciendo a los traidores a la patria"...


Obsérvese la cuarta, a partir de la derecha, y mírese que ocupa el lugar central de todas las distinciones. Es la Medalla de Oaxaca, creada en 1868 para premiar a los combatientes de las siguientes batallas: Juchitán, 5 de septiembre de 1866; Miahuatlán, 3 de octubre de 1866 y La Carbonera, 13 del mismo mes y año. Le distingue el águila mexicana explayada en el borde superior, y dos inscripciones. Al frente dice: Defendió la independencia nacional. Oaxaca y al reverso: Venciendo al enemigo extranjero y al traidor a su patria.

Medalla de Oaxaca...

Las dos más estimadas condecoraciones del General Díaz ocupaban no solo el lugar de preeminencia, pues la de Oaxaca estaba siempre al centro de esa posición de honor... Al buen entendedor, pocas palabras.



Las placas abajo de ellas son distinciones de carácter diplomático o escalafonario, extranjeras la mayor parte. 

Con estos elementos puedo por fin entender el curioso discurso falerístico de la guerrera de don Porfirio. Arriba están los símbolos del soldado de la patria. Abajo, los del estadista. La correspondencia con el título del libro es perfecta.


CONCLUSIÓN
Investigado por profesionales de la historia, este libro [Porfirio Díaz. De soldado de la patria a estadista, 1830-1915] atrapará al lector porque tiene una enorme cantidad de datos aportados por otras fuentes de información de las que no se disponía antaño. Tiene amenidad y estilo; opiniones y puntos de vista argumentados que arrojan luz y aportan nitidez al personaje y a su tiempo; tiene crítica y reconocimiento, extensión y detalle de la patria entera, a partir de su eje temático que es don Porfirio Díaz Mori. Todo visto en conjunto y en sintonía con un ciclo de 100 años que se cumple hoy, me parece que son la prueba de que el pasado dota de sentido al presente porque aclara la mente y embeleza al espíritu, afirma la rebeldía pero pule la ecuanimidad. Con razón se habla de atender, escuchar y entender el juicio de la Historia. La claridad y profundidad de esta obra bibliográfica de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, permítaseme el símil, la equiparo a contemplar uno de los paisajes de José María Velasco: es clara, es emocionante, es profunda... es México.


Por todo ello este libro atrapará al lector. La primera lectura la hará, no me cabe duda, con la curiosidad del que está ávido de certezas, novedades y sorpresas. La segunda lectura, si se es oaxaqueño, es probable que la tenga que hacer con el corazón.


Claudio Sánchez Islas.
Paraninfo de la UABJO.
Oaxaca, Oax., 2 de julio de 2015.

sábado, 20 de agosto de 2016

Historia del templo de San Pedro Mártir Quiechapa

Una muy esmerada investigación histórica acerca de cómo es que los frailes dominicos del siglo XVI llegaron hasta el apartado pueblo que re fundaron con el nombre de San Pedro Mártir Quiechapa acaba de salir a la luz, de la autoría de doña Rosi Rosales Reyes.

Su portada es la siguiente y puede verse cómo estuvo antes y como está ahora su iglesia:


Quiechapa pertenece al Distrito de San Carlos Yautepec, Oaxaca y como podrá comprobar el lector cuando consiga leer este ejemplar, tuvo una enorme importancia en el pasado pues fue elegido como un núcleo para evangelizar un extenso territorio a su alrededor.

El libro toma como eje temático precisamente este sentido de ayuda mutua entre los pobladores y los religiosos que llegaron hasta allá. Desde hace varias décadas, la parroquia de Quiechapa está en manos de padres misioneros Oblatos y gracias a su entrega total hacia las causas comunes de la población son una comunidad muy apreciada allí y en los alrededores.

Enseguida publicamos las dos páginas donde se incluye el índice para que el lector pueda conocer el detalle de sus contenidos:




Fachada de San Pedro Mártir Quiechapa, Yautepec.


Dejamos ahora la palabra a la autora, quien nos explica los motivos que le llevaron a hacer esta interesante monografía:

MOTIVOS
El motivo que me llevó a escribir este libro es dar a conocer este hermoso templo que se encuentra dentro de la ruta de los dominicos del siglo XVI, dedicado a San Pedro Mártir y que es parte fundamental de la historia de esta región. Para mí, como originaria de Quiechapa, es un orgullo darlo a conocer y cumplir un sueño que se ha venido gestando desde hace más de 20 años, cuando mi padre en una plática nos dijo, a mi hermana Reina y a mí: “que si algún día pudiéramos hacer algo por nuestro pueblo que lo hiciéramos”. Creo que esta es una forma de cumplir ese sueño, ya que mi hermana contribuyó con algunas investigaciones. Todo esto me motivó a escribirlo no con la experiencia adecuada pero sí con el corazón y el gusto de darlo a conocer, ya que este templo es digno de admiración.
Otro motivo es donar los fondos que se recauden para contribuir en la conservación y restauración de los retablos y otras obras que se encuentran en el templo.


Panorámica del templo dentro de la población.



Y ahora una breve semblanza del libro en voz de su autora:

SEMBLANZA
El objetivo de este libro es la elaboración de un marco de reflexión en torno al templo dedicado a San Pedro Mártir. Edificado en el siglo XVI por los frailes dominicos. Lo es también el rescatar para el público textos inéditos de figuras como la del padre dominico fray Francisco de Burgoa; dar a conocer una pequeña reseña de la vida de las personas que han intervenido, de una o de otra manera, en la formación espiritual de las comunidades que conforman la parroquia de Quiechapa, Yautepec, Oaxaca. Entre otros dominicos que hicieron historia, en primer lugar está fray Alonso de Espinosa, precursor y fundador del templo de San Pedro Mártir, además de San Pedro de Verona Mártir y los Padres Oblatos de María Inmaculada (O. M. I.) quienes llegaron a estas latitudes en el año de 1960.
Otro punto importante es dar a conocer investigaciones que se han realizado por más de 20 años a través de pláticas, entrevistas y comentarios hechos por personas mayores que me confiaron de una manera honesta lo que vivieron y lo que recuerdan.
Por último, se mostrarán fotografías de las obras de arte que ahí se encuentran como son: el mismo templo, las esculturas de sus santos, los retablos y los óleos.


Altar mayor barroco de San Pedro Mártir Quiechapa, muy bien cuidado y hermoso.

jueves, 28 de julio de 2016

Bóvedas mexicanas de adobe y ladrillo, de Ramón Aguirre Morales

Salió a la circulación el libro del arquitecto Ramón Aguirre Morales titulado "Bóvedas mexicanas de adobe y ladrillo", un texto que reúne toda la experiencia del autor, pero fue escrito para servir de manual para los arquitectos, maestros de obra, bovederos y diseñadores de espacios interiores. Su portada es la siguiente:


Fue presentado en la ciudad de Oaxaca por su autor, el prestigiado académico de la UNAM Carlos González Lobo, Fabricio Lázaro y Prometeo Sánchez Islas –todos arquitectos–, en la Casa de la Ciudad el 8 de julio, en esta ciudad de Oaxaca, con un auditorio lleno a reventar.


De izquierda a derecha: Prometeo Sánchez, Fabricio Lázaro, Ramón Aguirre y González Lobo.

El libro fue impreso en Carteles Editores y lleva cientos de fotografías para conducir paso a paso al interesado en hacer sus bóvedas de ladrillo, adobe, o ambas a la vez. Es un procedimiento constructivo más económico que la loza de cemento y mucho más bello. Los elogios para este Manual no se hicieron esperar. Para que el lector sepa los contenidos, reproducimos su Índice y enseguida los textos introductorios que avalan tan buen libro. Para ornato ponemos imágenes tomadas durante la presentación y luego la comida celebratoria que se realizó en la Fonda San Diego, del Mercado de La Merced, entre moles, tlayudas y mezcales y donde la famosa Lila Downs estuvo con el autor y sus amigos celebrando esta novedad editorial, pues ella decidió usar este sistema de bóvedas en su domicilio.

Va pues el:





El autor y el Dr. González Lobo


Hay todo un fundamento teórico y filosófico acerca de hacer este tipo de bóvedas. Por la trascendencia que tiene, reproducimos con la venia del autor los textos que acompañan al libro, que un mes mas tarde se presentó en Francia y Alemania:
Prólogo
Profesor Hubert Guillaud, CRAterre
Responsable de la cátedra UNESCO Arquitectura de Tierra


La forma de cúpula (o domo) como cubierta de un espacio circular es probablemente mucho más antigua de lo que podemos suponer, a la luz de los estudios sobre la arquitectura “sabia”. Las investigaciones antropológicas sobre hábitat popular, específicamente sobre construcciones nómadas, han puesto en evidencia que esta forma de cubierta en bóveda pudo haber derivado de una primigenia forma cónica, la cual evolucionó hacia la forma ovoide y posteriormente semicircular. Hacemos aquí referencia a estructuras de madera (ramas de árbol conectadas entre sí en la cima y apoyadas en el piso): cabañas circulares recubiertas de vegetales o entramados de ramas recubiertos de tierra (Maïni, 2003; 2016, 3). Este tipo de hábitat se remontaría a las épocas neolíticas en distintas regiones del mundo. De esta manera, el espacio circular y la « forma » de cúpula han sido desde tiempos inmemoriales una expresión constructiva recurrente en los espacios habitados y constituye una herencia milenaria transmitida por la memoria colectiva.
La capacidad de los constructores para realizar las primeras bóvedas y cúpulas en piedra o en adobe se remonta a la antigüedad. Inicialmente, estas fueron las formas más comunes de cobertura de edificios sagrados, principalmente sepulturas. Las tumbas tholoï, de planta circular, fueron descubiertas en la isla de Chipre en el sitio arqueológico de Khirokitia, fechadas en el V milenio antes de nuestra era. Estas tumbas, ¿habrían sido recubiertas con cúpulas en voladizos, o con techos de forma cónica de paja sobre estructura de madera o tal vez con techos planos? Las tres hipótesis, todas posibles, han sido largamente confrontadas por los arqueólogos. La hipótesis de cúpula es actualmente la más aceptada, al menos por las construcciones de planta circular (Le Brun, 1989), sin embargo, permanece en debate en el caso de los tholos. En Micenas, antigua Grecia, la tumba del rey Atreo (inicios del s. XIV antes de nuestra era) está cubierta de un domo de piedra en voladizos sucesivos que le otorga una forma cónica. Los estudios del arqueológo francés Roland Besenval (1984) sobre los antiguos modos de construcción en bóveda y cúpula han puesto en evidencia la evolución de estos sistemas de cubierta en las civilizaciones del Antiguo Oriente. Los actuales territorios de Irán e Iraq y las regiones del Asia central, en numerosos sitios, son testimonio de ello. Estas cubiertas en bóvedas y cúpulas fueron construidas, durante siglos, en adobe. En efecto, Besenval sitúa la aparición de las primeras cúpulas en el norte de Iraq, en el sitio de Tell Arpachiyah, sobre un tholos de planta circular, parcialmente enterrado. Sus muros de 25 cm de ancho, fueron construidos en adobe con un aparejo en voladizos sucesivos desde el nivel del piso y conservados hasta una altura de 85 cm (Ibid, vol. 2, Pl. 102). Las cubiertas en bóveda fueron más ampliamente adoptadas en el transcurso del tercer milenio antes de nuestra era. Generalmente, se trata de bóvedas de cañón formadas por arcos consecutivos construidos con ladrillos radiales (como en el sitio de Tell Asmar en Iraq meridional, Ibid, Pl. 62 et 65). Por otra parte, en Egipto, en la ribera oeste del Nilo a la altura de Luxor, podemos observar aún los famosos graneros de Ramses II, cubiertos de bóvedas de adobe de varios tramos edificados según el método de las bóvedas nubianas (sucesión de arcos inclinados de adobe apoyados sobre muros perimetrales). En Irán, en la época elamita (1200 años antes de nuestra era), el palacio hypogea (tumbas) del famoso sitio de Tchoga Zanbil, donde culmina uno de los más bellos zigurat del espacio mesopotámico, demuestra un manejo perfecto de las bóvedas con cimbra, de cañón y de ladrillo cocido, las cuales substituyeron paulatinamente a los adobes. En la era romana, las bóvedas de ladrillo cocido fueron comunmente utilizadas para la edificación de termas y otras obras hidráulicas. En Europa occidental, al término de la era medieval, la arquitectura de las iglesias romanas desarrolló las cubiertas a base de bóvedas de cañón en piedra. En Italia, a partir del Renacimiento, se valorizaron las cubiertas en bóvedas sobre las naves y en cúpula sobre los coros de las iglesias y catedrales, con obras de arquitectos reconocidos (Giotto, Arnolfo di Campo, Francesco Talenti). Estas edificaciones en piedra fueron mayormente construidas sobre cimbras o encofrados. Filippo Brunelleschi diseñó el domo de la Catedral Santa Maria del Fiore de Florencia para que fuese edificado con doble casco de ladrillo cocido sobre una base (o tambor) octogonal, reduciendo así al máximo el uso de andamios. Los sistemas constructivos de ladrillo cocido se desarrollaron notablemente en la arquitectura islámica, más alla de la Hégira (año 622), con la contrucción de las mezquitas y de los edificios con iwanes. En España, las influencias del Islam introdujeron el ladrillo cocido recién a partir de la época almohade, en la segunda mitad del siglo XII. Desde ese entonces, este se impuso en la arquitectura árabe hasta el siglo XV, particularmente en las zonas de influencia de Sevilla y Zaragoza (Aruguas, 2003, 283). Recordemos también que en la arquitectura popular, las cubiertas en bóvedas y cúpulas permanecen asociadas a ciertas tradiciones destacadas como los trulli, en la región italiana de Apulia, hábitat cubierto por domos de piedra laja en voladizos sucesivos, de forma cónica. Estas mismas cúpulas, en su versión con ladrillo cocido, son igualmente notables en Siria (Bendakir, 2008), en el hábitat de la región de Alepo. Hagamos referencia además a las viviendas situadas a proximidad de Asuán, en Egipto, cubiertas por bóvedas nubianas y a las tumbas del cementerio cristiano copto de Al-Bagawat (III – VII siglos antes de nuestra era), en el oasis de Kharga, con sus domos sobre pechinas, los cuales inspiraron directamente la obra arquitectural de Hassan Fathy para el reconocido pueblo de New Gourna (1970) y numerosos proyectos de villas, escuelas, mercados y demás edificios públicos (Steele, 1988).
Asimismo, la cultura constructiva de bóvedas y cúpulas, de piedra y de adobe, tiene más de 5000 años de antiguedad y aún trasciende en el tiempo. En la arquitectura pública oficial, estos tipos de cubiertas, gruesas y pesadas, que demandan gran cantidad de mano de obra, han sido progresivamente descartadas para privilegiar técnicas más ligeras, como el ladrillo cocido. Por ello, en la arquitectura popular, son las culturas constructivas de la bóveda catalana o mexicana las que se han impuesto. Cabe mencionar también técnicas más recientes e innovadoras desarrolladas por constructores reconocidos del siglo XX como Eladio Dieste en Uruguay. Sus bóvedas gaussas, sus bóvedas de doble curvatura autoportantes en cerámica armada, sus paredes delgadas de superficies regladas. Así como la obra de Eduardo Torroja en España, o de Félix Candela en México, con sus paraboloides hiperbólicos. El trabajo del arquitecto Ramón Aguirre Morales se inscribe dentro de esta corriente que reúne sabiduría popular y conocimiento académico, tradición e inovación. Con audacia y creatividad, busca revitalizar el lenguaje arquitectónico de las cubiertas de bóvedas y cúpulas de adobe o de ladrillo cocido con otros fines, hoy en día inducidos por la necesidad de un desarrollo local y sostenible frente a la globalización de la industria de la construcción.
El libro que propone Ramón Aguirre Morales expresa tanto el deseo de mantener una trayectoria cultural heredada de México –y más ampliamente de América Latina– como la voluntad de revalorizar conocimientos y aptitudes que forman parte de la cultura y de la memoria popular, amenazadas por la presión de la industria de la construcción. A través de su labor, dirigida tanto hacia la vivienda como a los edificios de la esfera pública, busca ofrecer respuestas constructivas accesibles y de simple fabricación para el beneficio del mayor número de personas. El “pensamiento constructivo” de Ramón Aguirre Morales indaga más allá de las cuestiones de relación entre materia, material, espacio, estructura y forma, y lidia con los retos y desafíos de nuestras sociedades enfrentando los peligros que amenazan nuestro planeta Tierra. Al revalorizar los sistemas constructivos en bóvedas y cúpulas sin cimbra, conjugando retos estructurales y formales en un lenguaje simple y claro, Ramón Aguirre Morales nos recuerda también la escala del espacio auto-construido de la vivienda. Anda de la mano con los artesanos de la arquitectura y valorizan juntos la cualidades propias de los materiales locales, el adobe y el ladrillo cocido, sin manierismos estructurales ni estéticos. Su visión generosa se entrega como una ofrenda de todas la herramientas y claves transmisibles, contribuyendo al despertar imprescindible de una misión social, ambiental, económica y cultural para una arquitectura humanista.
Grenoble, 27 de abril de 2016


Bibliografía
Le Brun (éd.), Alain, 1989. Fouilles récentes à Khyrokitia (Chypre) 1983-1986. Etudes Recherches sur les civilisations. Mémpoire n° 81. Paris: ADPF. 288 pp. XIV planches, 71 figures. By Trevor Watkins.
Maïni, Serge, 2003, 2016. Building with arches, vaults and domes. Training manual for architects and engineers. Auroville.
Besenval, Roland, 1984. Technologie de la voûte dans l’Orient Ancien. Paris. Editions Recherche sur les civilisations, synthèse n° 15, Tome 1, 196 p. et tome 2, 224 planches.
Aruguas, Philippe, 2003. Brique et architecture dans l’Espagne Médiévale (XII° - XV° siècle). Madrid. Bibliothèque de la Casa de Velásquez. Vol. 25.
Bendakir, Mahmoud, 2008. L’architecture de terre en Syrie. Une tradition de onze millénaires. Grenoble. Editions CRAterre-ENSAG.
Fathy, Hassan, 1970. Construire avec le peuple. Histoire d’un village d’Egypte. Gourna. Paris. Editions Sinbad.
Steele, James, 1988. Hassan Fathy. Londres, Academy Editions. New York, St. Martin’s Press.

:

Se hizo la cola para la firma del libros por el autor.


Introducción
Por Ramón Aguirre Morales


El rescate de sistemas constructivos probados, es una demanda que exige la forma de construcción actual. La intención de este libro es demostrar las ventajas de uso de las llamadas bóvedas mexicanas, las cuales forman parte de una tradición que podría arraigarse en cualquier parte del mundo para satisfacer las necesidades de vivienda y otros espacios públicos.
Pretendo, de una manera práctica, la reivindicación el rol que juegan el adobe y el ladrillo en las cubiertas. Ambos son materiales sumamente bondadosos, cuyas características se adaptan a cualquier tipo de construcción y que, lamentablemente por su falta de uso y conocimiento, casi han desaparecido, aunque, indudablemente, responden a las necesidades actuales. El conocimiento que he adquirido y aplicado en la edificación de cubiertas con esta técnica durante los últimos 25 años me ha permitido comprobar sus ventajas en cuanto a costos y confort, reduciendo al mínimo el consumo de energía y, por lo tanto, la contaminación.
La tendencia mundial de nuestros tiempos se caracteriza por la fuerte competencia entre las empresas por colocar sus ideas y productos ante los ojos del mejor postor, a veces sin importar la aplicación de artimañas que perjudiquen al consumidor y por la carencia de escrúpulos por obtener más dinero, poder o prestigio. Por otra parte, la decisión de compartir saberes de la construcción tradicional en lugar de competir deslealmente, podría ser una solución para muchos de los problemas que agobian a este planeta, entre los cuales destaca el de la vivienda.
Las bóvedas de ladrillo y adobe ofrecen virtudes que están en sintonía con el contexto social e histórico de México y América Latina, y son una aportación genuina de nuestra cultura a un mundo que se ha enriquecido con nuestras tradiciones durante siglos. La arquitectura regional ha surgido de la vida diaria de un pueblo y de su herencia cultural: sus creencias, ritos, tecnologías y patrones de comportamiento, todo lo cual se transmite, como una herencia genética, en sus expresiones estéticas y en los espacios que el hombre edifica para su uso. Es por ello que esos espacios se constituyen en parte fundamental de su rica identidad.
Mi propio reto, como arquitecto, es cubrir el espacio arquitectónico con técnicas estructurales simples, mediante la utilización adecuada y racional de los materiales, tal como explica Dieste, el genio de la cerámica armada.
El ladrillo tiene un módulo de elasticidad menor que el hormigón, lo que es una ventaja y no un inconveniente, porque da a la estructura una mayor adaptabilidad a las deformaciones. El riesgo del pandeo, si existiera, puede obviarse usando soluciones como las que empleamos en las cáscaras gaussas, que incrementan muy poco el peso y el costo.
Los principios que determinan la concepción de las formas en la arquitectura, encuentran su origen en las estrechas relaciones entre la escala, el material y la naturaleza de sus fuerzas y de sus leyes, con las necesidades específicas de cada sociedad. De ahí surgirán los actos de construcción que proyecten la propia síntesis hacia espacios en los que puedan germinar nuevos principios universales, fáciles de levantar, con equilibrio entre los seres humanos y más apegados a la naturaleza.


La mesa celebratoria en la Fonda San Diego... En la fila de la derecha, doña Anita Sánchez, el hermano del autor, Paul Cohen y Lila Downs y Alma A. Chávez Rodríguez, diseñadora del libro y esposa del autor... A la izquierda: amigos, Prometeo Sánchez, el autor Ramón Aguirre y su mamá.


Introducción
Por Prometeo Alejandro Sánchez Islas


Las cúpulas nos desafían desde dondequiera que se les mire.
El primero de ellos es conceptual, puesto que para gestar una de ellas se requieren habilidades de composición espacial y de trabajo material, que no son fáciles de manejar por mentes no entrenadas. Esa es la razón por la que las cubiertas curvas, sean cúpulas o bóvedas, en cualquiera de sus variantes, representan el clímax de cada una de las etapas constructivas de la humanidad, así como la depuración estilística de cada civilización.
El siguiente reto es funcional, puesto que la curvatura del espacio arquitectónico, en elevación, induce a los seres humanos a moverse de forma más orgánica, aun cuando los contornos, sean muros o columnas, estén constreñidos a un diseño basado en ángulos rectos. La mejor prueba se encuentra en las mezquitas clásicas, en las catedrales medievales y en los domos de la arquitectura contemporánea. Por lo tanto, construir una cúpula implica también el rediseño de las funciones en la planta arquitectónica, lo que a su vez se traduce en torcer algunos muros, abrir o cerrar nuevos vanos (a veces cenitales) y provocar perspectivas interiores novedosas e impactantes.
El tercer reto es estructural, ya que las formas y soportes de cada cubierta curva deben provenir de cálculos específicos o de largos años de rutinas pragmáticas, ambos difíciles de obtener, pero que le permiten al diseñador discernir la solución formal en función de la distribución de las cargas, casi por inspiración divina. Esto es particularmente satisfactorio para autores como Ramón Aguirre, a quien sus maestros bovederos le han dicho que no creen que “eso que han hecho con sus propias manos, se sostenga”.
El cuarto reto es constructivo y es el más difícil pero al mismo tiempo el más fácil de todos, cuando se trata de cubiertas basadas en la tierra, ya sea cruda o cocida. Consiste en hacer acopio de los materiales regionales, en darles forma a las piezas sueltas del gran rompecabezas, en saber trazar las guías curvas en un espacio en el que no hay cimbras, en utilizar las herramientas y los andamios idóneos, en calcular la época del año más propicia y en capacitar permanentemente al personal que intervendrá en la edificación. Se dice que es fácil porque los materiales y herramientas son tan básicos que se encuentran casi en cualquier rincón del planeta; sin embargo, la dificultad estriba en convencer a los interesados –usuarios y autoridades– de que esa es una forma segura de cubrir los espacios, aun cuando se aplique un mínimo de materiales industrializados y se utilice mano de obra local, ya que implica la reeducación sobre los valores propios de cada región, lo cual genera toda una revolución mental.
El quinto reto es normativo y eventualmente es de los más difíciles de sortear, puesto que los reglamentos de construcción por un lado, y los programas académicos de las universidades, en muchas ocasiones estorban y hasta se oponen a esta clase de soluciones constructivas, pues se salen del cartabón funcionalista más ortodoxo, a lo cual hay que sumar la limitada capacidad de análisis y de decisión de muchos burócratas y profesores acartonados.
En el presente libro, Ramón Aguirre aborda, desde su propia visión de la vida y basado en su experiencia de 25 años, los cinco retos de construir cubiertas con adobe y con ladrillo, con el fin de ilustrar a todos los interesados, de cualquier nivel educativo o socioeconómico, sobre cómo resolver sus necesidades de espacio aprovechando la tierra circundante. Su convencimiento de que la Tierra, nuestra gran casa, debe ser preservada, le convence de difundir estas renovadas “viejas sabidurías” mediante las cuales se evita el dispendio energético que provocan los materiales más industrializados y los interminables ciclos de transporte y de desechos. Él, como todos los constructores basados en sistemas tradicionales, saben que los productos de tierra algún día retornarán a su origen y serán reabsorbidos o reciclados, de una forma muy natural y económica, provocando un casi nulo impacto al medio ambiente. Es una visión responsable a escala de la civilización.
El material del libro está organizado en capítulos que van desde las condiciones preliminares para construir una bóveda, hasta la tipificación de superficies en función de su geometría y se concluye con recomendaciones sobre las herramientas, el mantenimiento, los criterios estructurales y la capacitación de constructores. A lo largo del libro se utiliza ampliamente la palabra bóveda, aunque en ocasiones se refiere a cúpulas, por lo que solicitamos al lector su comprensión para ese tipo de “volúmenes de revolución”. También se utiliza la palabra “ladrillo” como una aplicación genérica de las piezas también llamadas “tabiques”, que en México son paralelepípedos sólidos de arcilla cocida, de dimensiones más pequeñas que las utilizadas para levantar muros, y que por los procedimientos constructivos genéricos que se describirán, pueden ser entendidos, en ocasiones, como “adobes” que son las mismas piezas, pero de tierra cruda. Por ello, cuando se trate de recomendaciones específicas, se aclarará si se trata de productos de tierra cocida o cruda.
Los textos de este volumen fueron construidos a partir de entrevistas del suscrito con el autor, realizadas en la ciudad de Oaxaca, México, a lo largo del año 2015. Las fotografías pertenecen a las obras construidas por Ramón y a los talleres en los que él participó. El apoyo en la realización de los talleres y su documentación estuvo a cargo de Jazmín Cruz Martha y Concepción Odily Sigüenza Varela. El diseño editorial gravitó sobre los hombros de Alma Angélica Chávez Rodríguez.
La primera edición en español se pudo realizar gracias al financiamiento aportado por los siguientes generosos patrocinadores: UABJO, Fundación Amigos de la Hemeroteca Pública “Néstor Sánchez” de Oaxaca, Transportes Ricabe y Arcilla y Arquitectura S.C.


A la hora de los brindis Paul Cohen y Lila Downs celebraron al autor...


Arq. Valentina Méndez, haciendo su brindis por el libro "Bóvedas Mexicanas de Adobe y Ladrillo"... ella tuvo el buen tino de sugerir ir a comer como Dios manda al mercado.



martes, 5 de julio de 2016

ZENÓN RAMÍREZ: HISTORIA DE UN BRACERO QUE LLEGÓ A DIRECTOR DEL MUSEO MAS IMPORTANTE DE OAXACA

Proponemos al amable lector el libro más reciente salido de la acreditada y amena pluma de Manuel Esparza, quien cuenta la vida de don Zenón Ramírez, un modesto muchacho que se fue de bracero a Estados Unidos, pero años más tarde llegó a ser director del más importante museo arqueológico de Oaxaca, hoy Centro Cultural Santo Domingo. 

Se presentó el pasado 1 de julio de 2016 en esa sede, con la participación de las académicas Ethelia Ruiz Medrano y Ángeles Romero Frizzi, cuyo emotivo texto se reproduce con esta entrada. No le quitemos más tiempo al lector y entremos de lleno a esta cálida semblanza, pero primero permítame presentarle la portada del libro:



HISTORIA DE UN BRACERO OAXAQUEÑO
ZENÓN RAMÍREZ

Por Ángeles Romero Frizzi

Llegamos con nuestro pan de muertos, como es la costumbre, también con un ramo de flores. En un extremo del cuarto se encontraba una imagen de la virgen rodeada por un arco de flores y frutas, a sus pies un altar con las fotografías de los seres queridos: doña María y don Albino. Enfrente de ellos, entre flores amarillas, estaba un plato con mole, un vaso de agua, tamales y un poco de mezcal. En el suelo, sobre un petate, se acumulaban innumerables frutas: naranjas, manzanas, nísperos, cacahuates y montones de pan de muerto y flores, muchas flores.
En el patio iban llegando los invitados. Zenón y Yola habían dicho que sólo lo invitarían a la familia, pero eran muchas personas. La familia, sin duda, es numerosa.
Como todos los años, cumpliendo un antiguo ritual, llegamos a compartir con Zenón y Yola, el día de muertos. Es una ocasión para acordarnos de nuestros seres queridos y refrendar una amistad de ya muchos años. Es también el momento para saborear el exquisito mole que prepara Yola con una mezcla de innumerables chiles, chocolate, frutas y especias. ¡Por nada del mundo me lo perdería! Llegamos trayendo nuestro pan y un poco de flores. Salimos cargando varias piezas de pan, numerosas frutas, chocolate y afortunadamente más mole.
Durante más de cuarenta años hemos compartido esta ceremonia. Hemos convivido este día y muchos más. Zenón y Yola son padrinos de nuestros hijos. Cuando éstos nacieron y, después, cuando fueron creciendo, ellos nos han acompañado en los días felices y también en los momentos difíciles cuando enfermaron o tuvimos algún problema.
Don Zenón Ramírez y doña Ángeles Romero Frizzi.

Sí, es una larga amistad, a pesar de esto y a pesar de tantos instantes que hemos vivido juntos, la vida de Zenón escondía para mí muchos secretos. Secretos que ilustran, no sólo el empeño y la capacidad de un hombre para superarse y salir adelante, sino, también, parte de la vida de México en el siglo XX.
Zenón nació, hace ya varias décadas, en Tlacolula, cuando aún no llegaba la electricidad. La vida era difícil. Su papá, don Albino, no tenía tierras y debía de sacar adelante a su familia con las siembras que realizaba a medias en terrenos alquilados y ayudando en la matanza de los chivos del tío Aurelio. Con ese arduo trabajo, que en ocasiones comenzaba a las dos de la mañana y concluía al ocultarse el sol, él lograba alimentar a su familia con tortillas, frijol y chile. Doña María (la madre de Zenón) siempre ayudó a la economía familiar no sólo lavando la ropa, limpiando y cocinando para sus numerosos hijos, sino preparando tortillas para vender. La casa que habitaban era humilde, las paredes de bajareque (carrizo, palos y lodos) y la cama de carrizos con un petate. A pesar de todo, Zenón era feliz. ¡Esa era su vida! Y así la aceptaba. Iba a la escuela primaria y siempre que podía ayudaba a su padre en las labores del campo y con los chivos; también juntando leña para hogar. Nada se desperdiciaba. Incluso el excremento de las vacas se usaba –una vez seco- para calentar el comal y preparar los alimentos. Y los gusanos del mismo servían para alimentar a las gallinas.
Hacia 1952, Zenón terminó la primaria pero no le gustaba el duro trabajo del campo. Por eso, empezó a trabajar de dependiente en una tienda, entraba a las siete de la mañana y salía a las nueve de la noche. Por catorce horas de trabajo recibía 20 pesos mensuales, pero ahí aprendió a preparar el mezcal de pechuga, el añejo y otras bebidas. También trabajaba como músico. Esto es, en las fiestas de Tlacolula hacía falta música que las amenizara y Zenón llevaba en una carretilla una planta de gasolina y un tocadiscos. Cuando llovía los cables de la planta daban toques y había que subierse en unas tablas para evitarlos. Como músico ganaba 5 pesos la noche, aunque la jornada terminara al amanecer. De músico dilató unos tres años.
Después, comenzó a trabajar en una cantina: El Dios Baco. Él era el encargado y logró que su sueldo aumentara a 50 pesos al mes; poco después trabajó en una tienda de abarrotes. En Tlacolula ya no había donde estudiar y había que buscar trabajo, aunque los salarios, al igual que los de ahora, fueran tan bajos. Todo empeoró cuando se presentó un problema económico. Su mamá de Zenón, doña María, enfermó a causa de una mordida de perro. Una señora de Tlacolula le recetaba y había que gastar en las medicinas. Como no mejoraba y seguía enferma tuvieron que llevarla al doctor. Él les dijo: “de milagro no se ha muerto: las medicinas que le dan le hacen daño”.
Pero eso no fue todo. El papá de Zenón, con mucho sacrificio, había comprado el terreno donde vivían y lo puso a nombre de su papá, cuando el abuelo murió, la abuela dijo que el terreno le pertenecía a ella y decidió venderlo por dos mil pesos. La abuela los dejó en la calle. Su mamá de Zenón tratando de solucionar el problema dijo que ella compraría nuevamente el terreno, pero el precio había subido a 4 mil pesos. Doña María se las ingenió y del tío Aurelio y de otro hermano de su papá consiguió dinero prestado con un interés del 5%. Aún así, no alcanzaba y tuvo que solicitar otro préstamo. Sólo de intereses eran 400 pesos al mes, y el sueldo de Zenón, el mejor que había logrado ganar, era de 80 pesos mensuales. Comenzó entonces a pensar en irse de bracero, pero apenas tenía diez y siete años. Aún no tenía su cartilla militar, pero, como siempre, con astucia, Zenón logró sacarla antes de cumplir los diez y ocho años y, entonces, comenzó otra etapa de su vida. Su vida como bracero
En 1957 salió rumbo a los Estados Unidos. Zenón formó parte de ese sistema de trabajo temporal conocido como Programa Bracero que funcionó de 1942 a 1964. Comenzó promovido por la demanda de mano de obra de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. El primer año del programa se trasladó al vecino país del norte un millar de mexicanos para trabajar en los campos de remolacha. El programa pronto se extendió y en tres años el número de trabajadores ascendió a 50 mil mexicanos. El programa bracero duró hasta 1964 cuando ambos gobiernos, el de México y el americano, decidieron finalizarlo. En 22 años, alrededor de 5 millones de trabajadores mexicanos fueron a los campos agrícolas de los Estados Unidos. Concluyó en respuesta a reportes de abusos extremos a los derechos humanos: sueldos bajos, alojamiento inadecuado y prácticas discriminatorias. A pesar de las duras condiciones de trabajo, un funcionario del gobierno mexicano llegó a aceptar que la suerte de los trabajadores mexicanos en Estados Unidos era menos triste que en su tierra natal. Ellos pudieron tener acceso a recursos económicos que nunca hubieran logrado trabajando en México.
La vida de Zenón Ramírez nos permite mirar con detalle la experiencia de un joven de diez y siete años en este programa de trabajo temporal. Nos permite conocer las duras condiciones de trabajo y el hecho irrefutable de que, a pesar de todo, en los Estados Unidos podía obtener recursos que no existían en su tierra natal.
Cuando la abuela de Zenón vendió el solar donde vivían y la familia se endeudó, Zenón decidió irse a los Estados Unidos y combinar sus ingresos con lo que su papá ganaba trabajando en el campo y como peón en las excavaciones arqueológicas que llevaba a cabo el INAH en el sitio arqueológico de Yagul.
En julio de 1957, Zenón comenzó los trámites, solicitó al Presidente Municipal de Tlacolula una constancia de que era campesino y después pidió una carta en el Palacio de Gobierno de la ciudad de Oaxaca. Para realizar el viaje sus padres lo encargaron con un señor que ya había ido al Norte. Su madre le preparó una caja con tortillas tlayudas, totopos, pan, queso, chinteztle y pasta de frijol. Zenón tuvo que pedir dinero prestado para poder pagar el pasaje y sus gastos de viaje. Desde Oaxaca inició el largo viaje hasta el centro de contratación en Monterrey. Zenón recuerda que al llegar había no menos de diez mil aspirantes a bracero provenientes de varios estados de la república. Según datos oficiales, en un día llegaban a contratar cerca de 4,000 trabajadores. Zenón recuerda lo difícil que era lograr pasar a pesar de tener todos los papeles. Los muchachos se tallaban las manos con piedras y palos para mostrar que estaban habituados al trabajo duro del campo. Zenón tuvo que pasar dos días en el centro de contratación viendo como los iban llamando por estados. Siempre había duda si lograría pasar pues había trabajadores que iban sin papeles y trataban de colarse a pesar de los controles. Ante este peligro, Zenón les dijo a sus compañeros: “vamos a acercarnos a la puerta por si nos llaman”. Algunos dijeron: “no, no es necesario”. Pero Zenón y unos conocidos suyos, más astutos, decidieron acercarse a la puerta. Al poco rato dijeron: “Estado de Oaxaca, pasen nada más 150”. En la puerta varios policías los iban contando. La gente se amontonaba desesperada pues de Oaxaca había como 4 mil trabajadores. Zenón logró pasar.
Ya del otro lado, los revisaron que no estuvieran enfermos, los fumigaron y comenzaron a repartirlos según las solicitudes de los granjeros. A los que estaban enfermos los regresaban a México y estos pobres hombres, sin dinero ni trabajo, tenían que pedir prestado para poder regresar a su tierra. A Zenón le tocó ir a los campos de algodón en el estado de Arkansas. Les daban unos sacos grandes, como de dos metros de largo, tenían que amarrárselos en la espalda y la cintura e irlos llenando de algodón. Una vez llenos los pesaban y los echaban en un camión. Por cada cien libras de algodón les pagaban un dólar con 55 centavos. Zenón lograba hacer, algunos días 200 libras, otros 250 (un poco más de cien kilos). El trabajo era duro y de seguir así debería de haber ganado al mes alrededor de mil pesos. No era mucho, pero comparado con los 80 pesos que ganaba en la tienda de Tlacolula trabajando más de doce horas, era una gran diferencia. Sin embargo, no todos los días se podía trabajar, había veces que helaba y caía nieve y entonces a pesar del esfuerzo realizado no se podía pizcar el algodón porque se helaban las manos. Esto hacía que el sueldo fuera bastante menor, pero superior al salario mínimo en México que en esos años (entre 1950 y 60) andaba alrededor de 30 pesos mensuales.


El autor, don Manuel Esparza, el biografiado don Zenón Ramírez y la Dra. Ethelia Ruiz Medrano, ponente que leyó una interesante reseña bibliográfica.

Entre 1957 y 1964, Zenón realizó ocho viajes a los Estados Unidos. Estuvo en Texas, en California y en otros sitios. Siempre buscando lugares donde las condiciones de trabajo fueran menos duras y el salario un poco mejor. En Texas, las barracas donde dormían eran viejas y los catres sucios y llenos de grasa. El calor en el campo era extenuante, tanto que había trabajadores que se desmayaban por la insolación. Los que resistían tenían que exprimir sus camisas para quitarles el sudor y lavarlas por la noche. En ese campo agrícola, no les daban comida. Después de trabajar todo el día, por la noche, cansados, tenían llegar a preparar su comida: echar tortillas y preparar un poco de café, ocasionalmente algo de avena.
Entonces, Zenón y sus amigos de Tlacolula se enteraron que las condiciones de trabajo en California eran mejores y el sueldo menos malo. Zenón y compañeros regresaron a Monterrey para de ahí tomar un camión hacia Guadalajara y después hacia Empalme Sonora donde estaba otro campo de contratación. Pero sus documentos de trabajo ya estaban sellados pues ya habían pasado a los Estados Unidos. Entonces había que borrar de ellos el sello que tenían con algo de migajón y después ensuciarlos un poco para que no se notara. Igual que en la ocasión anterior los trabajadores se arremolinaban esperando pasar. Llegaban miles y sólo pasaban unos cuantos. De nuevo la suerte, la astucia de Zenón y sus amigos, les permitió pasar y valió la pena. El trabajo en California en sembradíos de jitomate seguía siendo duro pero acá las barracas donde dormían mejores y les daban los alimentos. En ocasiones sándwiches y en otras arroz agusanado. Todo para conseguir ganar unos dólares más para enviar a la familia y otros gastarlos los domingos yendo al cine, a tomar unas cervezas o con las muchachas, gringas, mexicanas o hasta alguna japonesa.
Cada viaje tuvo sus momentos difíciles y sus retos. Cada uno amerita leerlo con calma pensando en todos los trabajadores que fueron en el programa bracero y en todos los que hoy arriesgan sus vidas intentando cruzar la frontera en busca de un futuro mejor, dejando atrás un país que no logra ofrecerle a su gente un salario justo y un futuro digno.


La mesa de presentadores.

En 1963 fue el último viaje de Zenón. Al año siguiente se terminó el programa bracero. Para entonces Zenón ya estaba acostumbrado a viajar, con Yola –su esposa- (esa es otra historia que no les he contado y que dejo que ustedes la disfruten en el libro) se fueron a Veracruz donde trabajó en la distribuidora de Cervezas Moctezuma y después como estibador en el puerto. Después de seis meses regresaron a Oaxaca. Zenón no quería trabajar en su pueblo solo de albañil y fue a la ciudad de Oaxaca donde buscó trabajo y en 1967 logró entrar a trabajar al Museo Regional de Oaxaca como auxiliar de intendente. No era una plaza fija, sino un nombramiento temporal y cada año había que renovarlo. El salario era algo mejor que como peón de albañil pero insuficiente. La familia había crecido y habían llegado dos niños y una niña, y Edith estaba en camino. Los viajes de Tlacolula a la ciudad de Oaxaca eran cansados y se perdía mucho tiempo y dinero. Zenón y Yola decidieron buscar donde vivir en Oaxaca y encontraron un cuarto sin luz eléctrica, sin baño y con una cocina abierta techada con lámina. Además, no aceptaban niños. Astuto, como siempre, Zenón le dijo al dueño del cuartucho que no tenía niños; cuando éste se enteró ya era demasiado tarde. Por otra parte, Yola tenía que limpiar el baño que compartían con los otros inquilinos de la vecindad y don Albino ayudó a mejorar el cuarto poniéndole piso y electricidad. Ahí vivieron durante seis meses, hasta que la familia encontró trabajo en la finca que la familia Bernal había construido en la ciudad de Oaxaca.
Zenón y Yola aceptaron cuidar la casa de los Bernal, ahí tenían un alojamiento un poco mejor. Los niños podían jugar en el jardín y en la fuente siempre que los dueños de la casa no estuvieran. Cuando estos llegaban, en el verano, durante las excavaciones en Yagul, o a fin de año. Entonces los niños debían de esconderse y no molestar. Yola tenía que tender trece camas. Zenón levantarse temprano y recoger los restos de la fiesta de la noche, alzar las copas y los vasos, meter los discos en su funda y arreglar la sala para que cuando la señora de la casa se levantara todo estuviera en orden.
Poco a poco, ahorrando de su trabajo en el Museo y como cuidadores de la casa de los Bernal, Zenón y Yola lograron construir una casa propia. Menuda sorpresa se llevaron los Bernal cuando les avisaron que se iban. Finalmente, después de años de trabajo, la familia tenía una casa digna hecha de ladrillos y material, fresca en el verano y abrigadora en invierno.
Mientras tanto logró ascender en el INAH, de ayudante de intendente (encargado de limpiar corredores y baños) Zenón pasó a ser vigilante, después Intendente y finalmente director del Museo Regional de Santo Domingo. A fines de la década de 1970, Zenón coordinó la visita de la esposa de José López Portillo presidente de México. Por esos años también recibió y atendió en el Museo a la Reina Isabel de Inglaterra y al príncipe consorte. Poco antes de 1977 atendió a Henry Kissinger Secretario de estado de los Estados Unidos. El logró cumplir con todos los detalles de seguridad y del rígido protocolo que se imponía.
Un largo camino se había transitado, desde aquel joven astuto que logró burlar los controles en los campos de contratación de los braceros y el Director que ahora atendía a líderes de la política mundial.
Para 1994, después de veinte años en el INAH, Zenón decidió jubilarse. Sus hijos ya eran profesionistas: dos dentistas, un contador y una maestra normalista. Muchos años de trabajado, disciplina y astucia habían transcurrido. En el recuerdo queda aquel joven que a los diez y siete años dejó Tlalcolula para ayudar a su familia. Sin duda Zenón ha cumplido con su tarea en esta vida. Hoy le toca cuidar de las hermosas flores que adornan el jardín de Yola y cuando llega el día de muertos ayuda con todos los preparativos del mole y a los amigos nos recibe con una copita de mezcal.

El Salón Decorado del Centro Cultural Santo Domingo
fue el lugar de la presentación, que lució así.