sábado, 24 de marzo de 2012

REPENSAR EL AGUA. LAS REFLEXIONES DE AGUAXACA

Ha salido a la circulación un interesante libro, fruto de las reflexiones de Laura López López y Juan José Consejo. Ambos han tenido como tema de análisis el problema del agua en Oaxaca. Su portada es la siguiente:

La edición fue hecha a todo color, sin embargo se cuidó de tenerla al alcance del público que podría pagar menos de $200.00 pesos por ejemplar. Ya está a la venta en Proveedora Escolar, Educal (dentro del exconvento de Santo Domingo, y la Grañén Porrúa). El diseño es de Jorge López.

Para apreciar mejor sus contenidos reproducimos aquí su índice, su presentación y el texto escrito por Gustavo Esteba que aparece como prólogo. Vale la pena echarle un vistazo ahora que el clima es un asunto de la mayor preocupación en el planeta y ha llegado la terrible temporada de secas a Oaxaca.





PRESENTACIÓN


El panorama actual del agua, en México y el resto del mundo, muestra una condición dramática: cada vez más gente sin acceso a agua limpia, inundaciones catastróficas, contaminación. Las respuestas convencionales, de carácter burocrático, técnico o de mercado, no sólo no han resuelto esta situación, sino que en ocasiones la agravan. Hay, sin embargo, otras maneras de enfrentar estos desafíos, las cuales consideran útiles pero insuficientes las mejoras en la eficiencia y las medidas del mercado y apelan a nuestra rica tradición histórica para proponer un cambio fundamental en la relación social con el agua.

Así, en los Valles Centrales de Oaxaca, al sur de México, desde 2003 llevamos a cabo una iniciativa que evoca el sentido sagrado del agua y reconoce la fragilidad de su ciclo. Se trata de Aguaxaca, un proyecto en que con muy diversos actores sociales buscamos proteger los procesos naturales de los que depende nuestra disponibilidad de agua y al mismo tiempo mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la ciudad y del campo.

En estos años hemos consolidado métodos y estrategias fundadas en un original planteamiento de las líneas de trabajo: la foto (investigación), la mesa (concertación y mecanismos de financiamiento), el plan (que se deriva de la foto y la mesa), las herramientas (acciones concretas de regeneración y tecnología alternativa) y la voz (difusión y concienciación). Como parte de esta última línea iniciamos en 2005 la publicación de una revista bimensual que llamamos también Aguaxaca.

En 25 números abordamos el tema del agua desde los más diversos ángulos, revisamos críticamente noticias locales, nacionales e internacionales, registramos los avances del proyecto del mismo nombre y dimos siempre cabida especial a los niños. Al ver en perspectiva todos estos materiales, en particular la sección Reflexiones, nos percatamos de que en conjunto describían un buen panorama de la condición actual del agua, así como una visión fresca y documentada de diversos temas críticos. De modo que cuando la Fundación Gonzalo Río Arronte nos sugirió reunirlos en un libro aceptamos con entusiasmo.
Luego de una revisión de su pertinencia y actualidad, hemos convertido en capítulos los principales temas abordados en Aguaxaca, con introducciones que les dan contexto. También hemos incluido algunos recuadros y materiales complementarios.

Ponemos entonces en sus manos esta modesta contribución a la tarea de repensar el agua.



PRÓLOGO
Por GUSTAVO ESTEBA

Se desatan cotidianamente guerras por agua. Miles de personas mueren cada día de sed y millones padecen falta relativa de agua: la que obtienen es insuficiente o de mala calidad, por lo que se enferman y muchos no logran sobrevivir. Más de tres y medio millones de personas mueren al año por haber ingerido agua contaminada. Un niño muere cada tres segundos por ese motivo...1

Las cifras del fenómeno no tienen precedente, pero nada de esto es novedad. El hambre y la sed son viejas compañeras del hombre. Desde tiempo inmemorial la disponibilidad de agua ha determinado la suerte de los pueblos, su lugar de asentamiento, su migración, su prosperidad o su muerte. Lo que es novedoso es que hoy se dispone de más agua para consumo humano que en toda la historia de la humanidad, tanto en la cantidad total como por persona. ¿Por qué, entonces, esa falta absoluta o relativa de agua? ¿Por qué padecer sed cuando hay más agua que nunca? ¿Cuándo se dispone, además, de medios técnicos mejores que en el pasado para tener acceso al agua y guardarla?

No necesitamos ir muy lejos para encontrar respuestas a estas preguntas –que Aguaxaca ha respondido de manera práctica y sencilla por casi diez años.

Primero perdimos de vista el carácter sagrado del agua, una bendición sin la cual no podemos vivir. Todos debemos tener acceso a ella, pero a condición de respetar lo que es. Si no lo hacemos, si la tratamos como cosa o, aún peor, como mercancía, que es el estilo actualmente dominante, nuestra arrogancia se volverá contra nosotros y estaremos condenados a padecer sed.

Después perdimos sentido de la proporción. Pensamos que podíamos hacer con el agua lo que se nos diera la gana... si era técnica y económicamente factible. Empezamos a basar nuestras decisiones respecto al agua y todo lo que se le asocia –incluyendo lugares y formas de vivir– en criterios de factibilidad técnica y económica, no en la sensatez, la justicia y la armonía en nuestras relaciones con la naturaleza y con los demás. Estamos pagando las consecuencias de esa actitud.

Somos agua, casi literalmente, y el agua es vida. Lo hemos sabido desde siempre y hemos actuado en forma congruente con esa conciencia. Cada vez que un grupo humano perdió de vista sabiduría tan elemental pagó un altísimo precio –incluyendo el de su propia desaparición. Es esto lo que ahora nos ocurre. Se generalizó la mentalidad económica dominante y se le aplicó también, mecánicamente, al agua que desde siempre nutrió nuestros sueños e hizo posible el florecimiento de todas las civilizaciones. Esa mentalidad insensata, que está teniendo un impacto devastador sobre la naturaleza y la sociedad en todas partes del mundo, se asoció con el “imperativo tecnológico”: hay que hacer cuanto es técnicamente posible. Se ha puesto así en riesgo de perecer a millones de personas y se amenaza seriamente la supervivencia misma de la vida en el planeta.

Tenemos en México un ejemplo espectacular de este camino torcido. Dejamos crecer, sin cortapisas, el asentamiento humano en que hoy habita la quinta parte de los mexicanos, una aglomeración insensata que hace tiempo perdió la condición de ciudad. Cuando se agotaron todas las posibilidades locales de abastecerse de agua se le empezó a traer de lugares cada vez más lejanos.

“En la ciudad de México”, comentó Iván Illich en 1985, ”el agua es más preciosa que en cualquier otro lugar del mundo, porque la bombean hasta dos mil metros de altura y desde 250 o 300 kilómetros, secando el centro de la República y haciendo imposible la agricultura y las mejoras de los pueblos.”
“Realización ingenieril espléndida, con maquinaria extranjera, para hacer lo que no se hace en ningún otro lugar: poner a funcionar bombas para elevar miles de metros cúbicos de agua por segundo a 1,700 y 2000 metros de altura.”

“Cuando el agua llega a la metrópoli se usa para la industria, fines públicos y la mayor parte para las casas. Y ¿para qué se usa en las casas? Para diluir excrementos y evacuar basura… Se ha educado al pueblo a cagar “decentemente” en una taza llena de agua que se va al tiro de una cadenita…”

Pero en México, agregó Illich, sigue habiendo mucha gente que no podrá tirar de la cadenita por mucho tiempo. Sugirió que al reflexionar sobre alternativas se recordase que antes de 1854 en Londres se consideraba que el WC era un lujo de tipos raros de clase alta y en París el gobierno se opuso a la idea hasta 1885.2

Se observa así uno de los aspectos más graves del asunto: la injusticia. Mientras los habitantes de Chalco o Iztapalapa sólo tienen acceso a 20-80 litros de agua al día, los de Las Lomas consumen entre 1000 y 1200 litros diarios. Esta desigualdad se sigue agravando, lo mismo que los daños ecológicos y la irregularidad en el abasto de agua. Se hace cada vez más evidente que esta locura no puede continuar. Es preciso detenerla.
El punto de partida está claro: cambiar nuestra actitud respecto al agua, recuperando antiguas tradiciones y dándoles una forma contemporánea. Esto empieza en cada casa, en donde puede lograrse en muy poco tiempo un avance significativo, entre otras cosas mediante la utilización de innumerables técnicas alternativas que han estado proliferando. Pero no puede detenerse ahí. Es una cuestión social de la más alta prioridad.

Es sabido que la agricultura es el principal consumidor de agua: cultivar un tomate absorbe 13 litros. Sabemos también que los procesos industriales modernos han empezado a rivalizar con ella. Para producir unos zapatos de cuero se emplean unos 8000 litros; un automóvil requiere más de 250 000…

Recuperar sentido de la proporción, reconocer los límites a nuestra acción, no significa en modo alguno regresar a la edad de piedra y renunciar a cuanto puede ofrecer la civilización contemporánea. Pero implica, en el caso del agua, adquirir clara conciencia de su ciclo y aprender a respetarlo. Se trata de intentar un diálogo en que seamos capaces de adaptarnos a las restricciones reales de la cuenca en que vivimos.

Como Aguaxaca nos ha enseñado, en la ciudad de Oaxaca podría lograrse plena sustentabilidad, sin causar daño ecológico alguno a los alrededores y dejando atrás para siempre la periódica escasez que afecta la mitad de cada año a todos los habitantes de la ciudad…y el periódico exceso, causado por inundaciones de toda índole. Se cuenta con herramientas técnicas para ello, probadas en la práctica, y también con el dispositivo social que podría concertar el empeño colectivo: el Foro Oaxaqueño del Agua.

Para avanzar por ese camino sensato que capas cada vez más amplias de la sociedad están empezando a recorrer, podemos encontrar inspiración en quienes no se dejaron abarcar por la mentalidad dominante –los pueblos indios y campesinos que nos dicen una y otra vez: “Amamos nuestra tierra y nuestro río, porque son ellos quienes nos alimentan y quienes han visto el caminar de nuestros pueblos, la esperanza que corre por sus aguas”. Esos pueblos, cada vez mejor organizados en frentes que resisten las amenazas que les plantean presas, minas y todo género de proyectos impulsados por desarrollistas públicos y privados, nos dicen sin titubeos que no permitirán que se destruyan sus condiciones de supervivencia. “Hemos escuchado el correr del río”, nos dicen, “la voz de nuestros ancianos. Nuestra palabra se entreteje en un petate que nos hace reflexionar”. Consideran que esos proyectos benefician al gobierno y a las empresas, no a las comunidades. No los permitirán. “Queremos entregarles a los niños y a los jóvenes la tierra que nos dejaron nuestros antepasados. Por ellos seguiremos nuestro camino de reflexión y de lucha”.3

Como ellos, un número creciente de personas se interesa cada vez más en el asunto y empieza a tomar el asunto en sus manos. Para todas ellas, y para quienes empiezan apenas a buscar opciones ante dificultades de las que ya nadie puede escapar, esta espléndida compilación de textos publicados en Aguaxaca desde 2003 será de inmensa utilidad.

1 comentario:

  1. Excelente libro, cambia el paradigma y sensibiliza sobre un tema tan importante

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