martes, 4 de abril de 2017

EL TREN DE LAS BAYUNQUERAS, DE MANUEL MATUS

En San Francisco Ixhuatán, municipio de Juchitán, se presentó la novela más reciente del escritor oriundo de esas tierras calurosas: Manuel Matus Manzo.
Su portada es la siguiente:
Su costo es de $150.00 y se consigue con el autor, al mail: manuel_matus19@hotmail.com

El título tiene un vocablo raro: bayunqueras ¿Qué significa?
La gente de la región llamaba así a las mujeres que subían al ferrocarril en una estación para llegar a la siguiente y mientras tanto vendían entre sus pasajeros su pequeñas producciones agrícolas, de pesquería y artesanales. Daban un servicio invaluable pues movían la economía con el ritmo del tren de ida y el de vuelta, además de que escuchaban o contaban las cosas de su alma y otros asuntos más banales para hacer más ameno el viaje y los negocios.

POSDATA: Mi amigo el profesor José Cisneros, me comentó después de que subí esta entrada, que tuvo unas tías que eran bayunqueras, pero que el viaje no era solo hasta los pueblos vecinos, ¡sino hasta la ciudad de México! Ellas lo hacían regularmente pues de eso vivían. Ya me imagino las aventuras que han de haber vivido entonces, con el comercio a larguísima distancia, como ha caracterizado a los zapotecas desde tiempos prehispánicos.
Cualquiera pudiera tener la tentación de llamar "bayunqueros" a los vendedores del Metro de la CDMX, pero no, porque éstos son una mafia, en cambio las bayunqueras eran madres de familia, hijas y productoras directas. No he escuchado antes tal palabreja, pero el diccionario de la RAE la asocia con un despectivo usado en Centroamérica. En el Istmo de Tehuantepec tal arcaísmo designaba el oficio femenino de comerciar a bordo del tren, beneficiándose de una clientela encerrada y contagiada de compañerismo a causa del trayecto, el clima y la lejanía de todo confort. Así pues, el tren era también la vía de las novedades que llegaban a los pueblos, se escuchaban, se "arreglaban" y se volvían a soltar sobre los rieles, para que corrieran con sus propios "pies" para un lado o para el otro, quién sabe con qué consecuencias.
El caso es que estamos a fines de la revolución mexicana y hierve la zona de alzamientos y bandoleros. Hasta allá es enviado para sosegarla el personaje central: Lázaro Cárdenas, entonces mocetón, y es el tren de las bayunqueras el eje de su vida y "milagros" en esa etapa de su vida. ¿A qué fue realmente Cárdenas al Istmo de Tehuantepec? Eso sin contar que se enamora de una bella paisana y le deja un hijo en el vientre... En la Mixteca (rumbos de Juxtlahuaca) escuché leyenda similar de un enamoradizo general Cárdenas... Pero "tenorios" aparte, el discípulo de Calles debió haber sido mandado allá con una misión muy concreta y muy secreta. Es una pregunta sin respuesta clara hasta la fecha, lo que aprovecha Matus para convertirla en novela.
El escritor Matus ha retomado lo que se dice aun, lo que se quedó grabado en la memoria del pueblo, el rumor, el chisme y las sospechas nunca despejadas del robo del siglo en la región istmeña: todo el oro de la famosa Juana Cata, que fue sacado del Istmo precisamente en alguno de esos trenes... eso es lo que se sigue escuchando por ahí.
Este libro es, por supuesto, una novela. El texto de su contraportada es el siguiente:


“El Tren Dorado se fue bañado en oro, así decidió Lázaro acabar con odios, asaltos, muertos, levantamientos y demás formas de sangres y fantasmas. Lo hizo fundir y bañarlo sobre el tren más dorado. La chapa hizo parecer una joya entera. Un tren de oro que se fue con el sol de la tarde y que una mujer no quiso tomar.

Tres meses después de la partida de Lázaro, habría de nacer un niño a más de doce leguas de Jerónimo Santo, en un alba a media luna, siendo un sábado de agosto, bajo una leve llovizna, con una semana de constante duración. La madre era Benita. Benita supo mantener hasta ahora el secreto con amor y disciplina, tal como lo había jurado frente a la Cofradía, y sin revelar el nombre del padre desde aquella noche que la despidieron de Jerónimo y la embarcaron en una carreta. Como las aves, Benita y su niño otra mañana emprendieron el vuelo, hacia un lugar que nadie supo entonces.


Queda dicho eso ahora, porque después Lázaro fue un hombre disparado por la gloria y las estrellas, tiradas aquí por el viento que él las supo recoger en su solapa. Nada más por eso debe ser bueno no dejar en el olvido que algo hizo aquí, y ni cerca que fuera por bienestar mío, a nada aspiro después de los años que haber muerto, sobre todo morir en aquel tren amarillo, sin que nunca hubiera de orar, hasta que un día mis polvos fueran llevados por el viento.”
Pero no le demos más vueltas y dejemos que una alumna del autor, María Fernanda Silva Bante, oriunda de esas tierras, sea quien nos obsequie la reseña que leyó en Ixhuatán en la presentación de "El tren de las bayunqueras" el pasado 21 de marzo de 2017. 
Le cedo, pues, el espacio. CS.
El Istmo o la tierra de la ensoñación
Pensó estar en un lugar de sueños: el ferrocarril, las mujeres, los seres desnudos en la noche, su mismo sonambulismo, su razón de escribir en su cuaderno.”
Por María Fernanda Silva Bante

Internarse en las tierras míticas del Istmo de Tehuantepec, es como ingresar a un relato fantástico, en donde personajes y seres extra-ordinarios conviven en una cotidianidad envidiable. Lo mejor viene cuando estas dos visiones se conjuntan para materializarse y volverse libro.
El tren de las bayunqueras, del escritor ixhuateco Manuel Matus Manzo, es la narración del esplendor istmeño. Si tuviera que nombrar a esta novela, la llamaría fantástica por la forma en la que se presentan los siguientes aspectos: el espacio, el ambiente y los personajes.
Jerónimo Santo es el escenario de la mayoría de las acciones de los personajes: es el lugar al que el protagonista, Lázaro -que bien puede estar inspirado en el Lázaro Cardenas real y sus andanzas en el Istmo de Tehuantepec-, es enviado para calmar los últimos brotes de rebeldes que aún quedaban después de la Revolución, así como el cumplir con la búsqueda de un tesoro. Antes de su llegada, había escuchado rumores de estas tierras extrañas, sobretodo uno acerca de mujeres que embrujan a los hombres. Es el hogar de los amores de Lázaro, de personajes que se vuelven nahuales y de la estación que albergará al tren amarillo, el tren del General.
¿Quién nos narra esta historia? A través del diario que dejó el general Lázaro, su más fiel lector, el soldado Teodoro o “Todó”, cuenta lo sucedido. Haciendo homenaje al papel de la memoria, el narrador rompe con el orden de la historia, iendo y viniendo de una escena a otra, logrando que el lector se impregne de extrañeza por los cambios abruptos en la narración. El tiempo está a merced del capricho de Todó, pues la fragmentación de la trama permitirá al lector conocer el pasado del protagonista, y a la escena siguiente observar sus caminatas nocturnas, en donde la somnolencia y la inconciencia lo harán descubrir el misticismo de la tierra en la que se encuentra.
Desde el inicio de la novela se observa el desfile de personajes que se combinarán con el ambiente misterioso. “No podía ver, digamos, los cuerpos completos, bajo las enaguas los pies apenas se dejaban ver, caminaban por sobre el aire”, las bayunqueras son lo primero que captaron sus ojos al llegar a la estación de Jerónimo Santo. A partir de ese momento, las mujeres adquirirán un papel protagónico; su misión: predecir y ayudar a forjar el destino del protagonista. Con descripciones que rayan en lo poético, el autor da muestra de la actividad de estas mujeres: vendedoras que vuelven al tren su territorio, cofrades y guardianas de los secretos istmeños, cómplices del general y amantes de todo aquel que esté dispuesto a amarlas durante su estancia. De esta forma, esta tierra contendrá los actos amorosos del que Lázaro será presa. Se respira un aire de erotismo gracias a la presencia de frutas tropicales que ellas mismas le entregan, como una invitación al goce. La comida se vuelve parte esencial en la ambientación: bebidas como la taberna, atracones y banquetes que le permitirán a Lázaro adentrarse a un mundo que está más allá de la realidad, sin dudar él de ello.
Uno de los personajes mejor construidos es Juana Cata: “Ella es una mujer fuera de tiempo y circunstancias. Lázaro no lo sabía. Había muerto hace siete años… una anciana a la que nadie quería olvidar por su obra benefactora. Hasta el oro en exceso que iba sobre ella parecía más viejo… Sin embargo, estaba allí porque quería conocer al general”, este personaje representa el paso del tiempo “la madre de estos lugares”, la voz del pueblo que sufrió los estragos de la Revolución. También es la muestra de la añoranza por el pasado, la metonimia de lo que ha quedado atrás y no volverá. Oráculo que predice el destino del general, es una de las que también le advierte sobre las mujeres.
Otros personajes presentes, propios de una narración istmeña, son los taganeros o seres nocturnos que gozarán del cuerpo de la mujer dormida; la mona Chintacamaya, Charis, Gonzalo de Murga o el poeta azucarero... hasta el mismo tren que adquiere conciencia para mostrarnos de lo que ha sido testigo. La combinación de voces del pasado, presente y alrededores del protagonista cuentan las creencias de los Binizá (gente del viento que cayeron de las nubes): las memorias de todo un pueblo.
De esta forma todo se resume a una historia sobre la lectura: Ingenio Santo Domingo como el pueblo que guarda una biblioteca prodigiosa, Ixhuatán o el pueblo hoja/libro que posee casas con forma de libros abiertos, mentiras que se cuentan para hablar de experiencias que el lector encontrará fascinantes. Una tradición mística que no debe quedar para unos cuantos, una lectura que merece provocar ensoñación a más lectores, que sin duda quedarían maravillados del poder de la tradición oral que poseen los habitantes de estas tierras.

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